EL libro dispone de multitud de material gráfico. Parte de ese material se incluye en la web. Se trata de 13 fotografías de época de alto valor histórico y 4 fotografías de la presentación del libro en Madrid. Para verlas solo has de hacer click en el icono de la camara de fotos.
Una de las etapas históricas que mayor producción historiográfica está produciendo y que han supuesto un renovado interés en la historiografía española en los últimos años, en el campo político y social, son los estudios sobre el franquismo y más concretamente la oposición antifranquista.
     Realizando una visión sobre el estado de la cuestión, podemos observar un desarrollo de publicaciones de muy diverso carácter, autores y contenido  Estas líneas de estudio y de investigación sobre la oposición y la lucha contra el régimen franquista, aportan y evalúan con un gran rigor científico e historiográfico el significado de los acontecimientos y las actividades desarrolladas en aquellos años de la posguerra española, década de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX.

El libro del historiador Carlos Fernández Rodríguez titulado Madrid Clandestino. La reestructuración del PCE en Madrid, 1939-1945, forma parte de esa renovación historiográfica y de investigación sobre el primer franquismo. Con la utilización de unas novedosas fuentes documentales y la consulta de archivos, hasta ahora inéditos y vetados para la mayor parte de investigadores e historiadores –como son los sumarios de guerra expedidos por el sistema judicial franquista depositados en los archivos de los diferentes Tribunales Territoriales Militares y los expedientes policiales de la antigua Brigada Político Social franquista-, Carlos Fernández ha investigado sobre la oposición antifranquista, inmerso en un partido político como fue el Partido Comunista de España y más concretamente su evolución y desarrollo histórico entre 1939 y 1945.

A lo largo de sus páginas se van relatando las diferentes reestructuraciones de la organización comunista en Madrid desde la clandestinidad, con las luchas de los miles de militantes anónimos que integraron el PCE en aquellos años y que acabaron siendo encarcelados y muchos de ellos posteriormente ejecutados por parte de las autoridades franquistas. La resistencia antifranquista se inició desde incluso antes de la finalización del conflicto bélico español. Lo que marcaría a esa resistencia fue una falta de preparación y de medios para la clandestinidad, la división existente en el campo republicano español entre socialistas y anarquistas por un lado y los comunistas por otro. Ese tipo de acción estuvo influido de manera determinante por estrategias impuestas desde el exterior y sometido a las alteraciones de la política internacional y sobre todo condicionado en la mayoría de los casos por la represión de las fuerzas franquistas.

Tras el final de la guerra civil la situación vivida por los vencidos fue desesperante y caótica. Se inició una represión sistemática, arbitraria y desmedida que dio paso a que miles de republicanos fueran víctimas de encarcelamientos, torturas, fusilamientos y el gran drama del exilio. No sólo se trataba de una represión física, sino también ideológica, laboral, económica y social. Con la legitimación de sus acciones, bajo un sistema judicial basado en un código de justicia militar y articulado en una serie de leyes promulgadas que le daba ese armazón “legal”, los vencedores de la guerra enjuiciaron a miles de personas, represaliando a muchas de ellas con la pena capital.

El PCE fue el partido político que mayor protagonismo adquirió en el Ejército Republicano y en el Gobierno de Juan Negrín, por su liderazgo en el campo de batalla, con grandes dosis de operatividad y de lucha contra el Ejército franquista y por su actitud y línea política de resistencia y oposición. Esto motivo un ambiente anticomunista en el seno de las demás fuerzas republicanas, socialistas y anarquistas, ejemplificado en el golpe de estado del coronel republicano Segismundo Casado y la creación de una Junta o Consejo Nacional de Defensa. Los comunistas españoles fieles al Gobierno Negrinista fueron perseguidos por los casadistas, produciéndose lo que se ha venido en denominar una guerra civil dentro de la propia guerra civil, pero en este caso entre las fuerzas republicanas, lo que al final produjo fue un enfrentamiento entre ambos bandos, unos dos mil muertos y muchos encarcelamientos de comunistas en las cárceles madrileñas, que una vez entraron las fuerzas franquistas en la capital de España, la única labor que tuvieron que hacer fue enjuiciarlos y en muchos casos fusilarlos.

Carlos Fernández nos muestra la organización en un primer momento tras el final de la guerra, de pequeños grupos dispersos y heterogéneos de comunistas, desorganizados en cuanto a su estructura por la salida de España de los dirigentes del Buró Político a la URSS, Francia y América. Las primeras funciones desarrolladas fueron la búsqueda de simpatizantes y militantes para que integraran las filas de la reestructuración del PCE y la labor de ayuda a presos comunistas en todo lo posible dentro sus limitadas posibilidades, haciéndoles ver que su organización estaba luchando contra el régimen franquista. Las diferentes organizaciones y reestructuraciones se articulaban en las calles madrileñas y se disolvían en las dependencias de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol. 

Una de las primeras reorganizaciones de la estructura clandestina comunista en Madrid la hizo Matilde Landa, antigua secretaria provincial del Socorro Rojo Internacional, cuya labor de reestructuración duró pocos días porque fue detenida junto con su equipo. En seguida fue sustituido este equipo por otro aparato de militantes que habían estado en el campo de concentración de Albatera (Valencia) y que formaban parte del Comité Central del PCE durante la guerra y de las Juventudes Socialistas Unificadas, hombres como José Cazorla, Enríque Sánchez y Ramón Torrecilla, junto con camaradas suyos que ya habían establecido una pequeña organización en Madrid –entre los que estaba el dramaturgo Antonio Buero Vallejo-, intentaron la reorganización que no logró sus objetivos ya que fueron detenidos. El hecho de la caída de un aparato directivo clandestino en poco tiempo fue una constante debido a la falta de infraestructura, de militantes y por la represión tan fuerte a la que estaban sometidos.

Madrid fue considerado como el centro neurálgico y de importancia por parte de todos los dirigentes comunistas. Aquí iban a parar los mejores cuadros políticamente hablando, pero no sólo del interior del país sino del exterior; estableciéndose las diferentes delegaciones del interior del PCE, máximo organismo directivo en aquellos años. El siguiente período de reestructuración fue el que tuvo como protagonista a un agente de la Internacional Comunista llamado Heriberto Quiñones, de paso oscuro e incierto quien a finales de 1940 se hizo cargo del aparato clandestino del PCE y que hizo un verdadero Buró Político con un organigrama directivo y unas estrictas normas de seguridad para salvaguardarse de unas posibles detenciones, todo ello enmarcado en la línea política de Unión Nacional, posibilidad de unificación de todos los antifranquistas para acabar con el regímen dictatorial franquista, lo que le hizo enfrentarse con el B.P. del PCE en México, con el comunista Vicente Uribe a la cabeza. En América desconocían la verdadera situación del país y la difícil clandestinidad y represión por la que estaba viviendo la organización comunista; a pesar de ello quisieron controlar la situación interna del partido y enviaron a una serie de cuadros políticos para hacerse cargo de la dirección del partido, fueron conocidos por el Grupo de Lisboa, los Larrañaga, Asarta, Diéguez... porque llegaron a tierras portuguesas. Sin embargo fracasaron en su intento de cruzar la frontera ya que fueron detenidos y entregados a la policía franquista y posteriormente fusilados. 

La difícil situación que sufrió la organización quiñonista debido a las múltiples delaciones y detenciones sufridas, llevó a la desarticulación de la dirección de Heriberto Quiñones. Algunos dirigentes que no fueron detenidos como Jesús Bayón, Ramón Guerreiro y Dionisio Tellado, junto con la ayuda de un dirigente comunista enviado de Francia, Jesús Carreras, representaron la dirección del PCE desde principios de 1942 hasta el inicio del año 1943. En un pimer momento se vivió un ambiente antiquiñonista, se quería acabar con todo lo que hubiera de la anterior dirección, acusando a aquellos que colaboraron de herejes y traidores y siendo defenestrados de toda organización y puesto de responsabilidad. Carreras y sus camaradas dieron importancia a la ampliación de la estructura comunista a otros Comités Provinciales con especial interés a Galicia, Euskadi, Cataluña y Andalucía, sin olvidar la importante labor de la secretaría de agitación y propaganda con la tirada de folletos, boletines y prensa, gran ayuda en la difusión de los postulados políticos antifranquistas del momento.

El autor va analizando la siguiente reestructuración tras la disolución de la dirección de Jesús Carreras y las detenciones provocadas, todo ello enmarcado en el ambiente belicista de la Segunda Guerra Mundial. El protagonismo de la Delegación del interior del PCE iba a establecerse en territorio francés y más concretamente en la figura de Jesús Monzón Repáraz, este comunista navarro fue el que reorganizó el PCE en tierras galas tras el final de la guerra civil. Con su versión política de la línea que habían desarrollado de Unión Nacional, rebautizada como Junta Suprema de Unión Nacional a finales de 1943 y extendida hasta principios de 1945, Monzón quiso no sólo hacer una unificación de partidos y grupos políticos en el campo republicano en contra del régimen dictatorial, sino también extenderlo a sectores monárquicos y conservadores  –incluso llegó a desarrollar alguna entrevista con miembros de esas organizaciones para ver cual era su postura-.  Antes de la llegada de Monzón, llegó a España el comunista Manuel Jimeno para proceder su entrada; ayudado por antiguos camaradas suyos que colaboraron con Monzón en Francia y dando importancia a los periódicos “Reconquista de España” y “Mundo Obrero” para extender lo máximo posible la línea política de Unión Nacional.

En la última parte del libro, Carlos Fernández desarrolla la invasión guerrillera denominada Reconquista de España, decidida desde el interior de España por Jesús Monzón. Los guerrilleros españoles partícipes dentro de la resistencia francesa –en la Agrupación de Guerrilleros Españoles- de la victoria contra el Ejército alemán y viviendo ese momento de exaltación, con un posible levantamiento popular español y la ayuda de las potencias aliadas, decidieron junto con los dirigentes políticos en Francia varias incursiones a España a través de la frontera pirenáica, siendo la principal invasión la desarrollada por el valle de Arán con la participación de unos cinco o seis mil guerrilleros. Pero la operación fracasó y a partir de ese momento la táctica utilizada fue  enviar pequeñas partidas de guerrilleros a sus lugares de origen y con la participación de republicanos que se escondieron en el monte tras la finalización de la guerra por temor a las represalias, organizaron una serie de Agrupaciones de Guerrilleros englobadas en la estructura del PCE. Se inició una lucha armada a lo largo de todo el territorio peninsular español que fue la principal línea de actuación del PCE hasta finales de la década de los cuarenta.

En los últimos días antes de producirse la retirada de la operación guerrillera, llegó desde América Santiago Carrillo, tomando las riendas de la organización comunista tanto en Francia como en España, enviando al interior del país  cuadros políticos y guerrilleros de su máxima confianza como Agustín Zoroa, Casto García y Eduardo Sánchez Biedma. En un momento donde el estalinismo adquirió su máximo protagonismo en la mayoría de los partidos comunistas mundiales, el PCE con Carrillo a la cabeza, inició otra etapa de acusaciones para aquellos que colaboraron con la dirección de Jesús Monzón, acusándoles de traidores y herejes –ya pasó con anterioridad con Quiñones- e incluso se produjeron varias eliminaciones físicas entre sus propios camaradas.

El tema de investigación del autor entroncara con un futuro estudio sobre la oposición y la lucha armada en Madrid dentro de una guerrilla urbana que se extendió desde finales de 1944 hasta finales de 1947 y englobada en la Agrupación Guerrillera del Centro. Hay que destacar en el apéndice documental del libro “Madrid Clandestino” una relación de casi dos mil militantes comunistas, muchos de ellos anónimos y los diferentes organigramas directivos formados desde 1939 y 1945, que han sido conocidos gracias a la investigación desarrollada por el autor del libro.